La Resurrección es la esperanza del Cristiano después de esta vida, más el Señor nos la muestra no solo en la conmemoracíón litúrgica, sino en la vida diaria y nosotros no la vemos.
Resucitas cada día al levantarte e iniciar un nuevo día, cada vez que escapas de tu lugar por la guerra, falta de trabajo e incomprensión de tu hermano, vecino o amigo
Resucitas cada día al recibir la sonrisa de alguien o al sonreír tu al prójimo, al recibir la ayuda o dar la ayuda a alguien, resucitas cada vez que te sientes vivo y te ofreces al Señor.
Os dejo la contestación que pudo recibir un predicador a su carta enviada al Señor en la víspera de la Resurrección, sobre sus dudas de la resurrección
Querido hijo:
Claro que crees en tu Resurrección. Cada vez que has resurgido detrás de
cada fracaso, cada vez que te has levantado después de cada caída, cada
vez que has enarbolado la esperanza después de cada derrota, cada vez
que ha renacido el amor detrás de cada desilusión, cada vez que has
curado tus heridas después de cada sufrimiento… después de cada una… has
resucitado. Detrás de cada una estaba Yo, venciendo a la muerte, al
pecado y la desesperanza. Ofreciéndote una mañana, un nuevo comenzar.
Son sólo ensayos de la gran Resurrección. Aquel día verás y comprenderás
todo.
Mientras te pido tres cosas:
La primera: que sigas corriendo. Corriendo hacia la vida, hacia la luz.
No te pares ni te paralices. No tengas miedo. Yo soy la luz que vence la
muerte que te asedia e incluso habita dentro de ti. Deja que empuje tu
vida mi amor y mi misericordia. No te puedo garantizar que no haya
obstáculos, pero sí la seguridad de que para Dios nada hay imposible y
es posible vencerlos. Te prometo que tendrás luz, al menos, para saber
dar el paso siguiente. Ánimo y a correr.
Te pido que sigas llevando en tus manos el bálsamo y los perfumes como
María Magdalena. Usa esos bálsamos para curar heridas, para aliviar
desencantos, para devolver al esperanza, para dar vida a los demás. Y de
vez en cuando abre los frascos de esos bálsamos y deja que se llenen de
mi misericordia. Yo tengo ríos enteros de misericordia para todos. Te
dejo mis sacramentos para que mi presencia llene tu corazón de gozo y
alegría, de ánimo y fuerza, de gracia e ilusión para que sigas amando,
sigas luchando, sigas viviendo.
Te pido que no corras sólo, que lo hagas como aquellas mujeres: con
otros. Ya te lo dije: donde dos o más estén reunidos, allí estoy Yo. La
muerte nos separa y divide, pero la vida, la resurrección nos une, nos
hermana en eso que recitas en el credo: la comunión de los santos. Cada
vez que buscas al hermano, compartes con Él la vida y el pan, cada vez
que escuchas y dialogas, cada vez que haces tuyas sus preocupaciones y
tristezas… resucito Yo como germen de nueva humanidad. Te dejo mi
Iglesia, familia, escuela y taller de fraternidad. Pero no hagáis como
los primeros discípulos que dejaron puertas y ventanas cerradas por
temor a los judíos. No. Abrid las puertas y ventanas para que entre la
vida y para que mi Vida salga… allí donde se necesite resurrección.
Porque, lo siento, Pedro: ya resucitado no te pertenezco. No soy tuyo,
ni de la Iglesia. Más bien, vosotros sois míos. Yo más bien soy para
aquellos que me necesitan, que necesitan salir de sus sepulcros, que
necesitan luz de esperanza, agua de misericordia, pan de caridad. Los
que necesitan el pan de cada día, el pan de resurrección y Vida.
Así que Yo, Cristo Resucitado, te dejo eso: un camino, unos compañeros y
una meta. Brújula no te dejo, no la necesitas. Recuerda que yo soy tu
norte y te basta. Si llevas la meta en tu corazón será fácil. Te diría
que nos volveremos a ver, pero mentiría. Tú ya sabes que puedes verme si
cierras los ojos en ti, puedes verme y abrazarme si amas en el hermano
(te recuerdo que me disfrazo muchas veces de pobre), puedes verme y
tocarme y saborearme si tienes sed y acudes a ellos, a mis sacramentos y
mi Palabra. No tengas miedo, esto es un ensayo… para prepararte al gozo
inmenso que te espera.
Te he querido, te quiero y te querré siempre,
Tu Padre, Tu Hermano y Tu Dios